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Historia de la Caminata
Historia de la Caminata
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Fuente: http://www.esmas.com/sydney/danielgarcia/
La palabra marcha define una de las actividades humanas más primitivas: el movimiento o desplazamiento a pie. Pero en la marcha atlética los competidores están sometidos inevitablemente al impulso de correr, especialmente cuando las distancias que se deben recorrer son cortas. Para prevenir esta tentación, el reglamento indica que la marcha es: "La progresión de pasos dados de tal manera que nunca se pierda el contacto con el suelo. Al dar cada paso, el pie que avanza debe estar en contacto con el suelo antes de que el pie de atrás se levante de éste".
También se establece que la pierna de apoyo debe estar extendida –es decir, no curvada o doblada por la rodilla- al menos durante un momento cuando está en posición vertical. Pues bien, la historia del deporte nos dice que la frontera entre andar y correr es, en mejor de los casos, mínima.
Esto explica por qué la marcha, junto con un gran número de adeptos y defensores, ha tenido por otra parte un gran número de detractores, gente que dice: "sólo un atleta que no ha tenido grandes resultados como corredor puede encontrar consuelo en la marcha". Pero unos y otros coinciden al menos en un punto: la marcha atlética adquiere toda su nobleza de las pruebas de fondo.
Debut con escándalo
Las pruebas de marcha aparecieron por primera vez en el programa olímpico de los Juegos, no reconocidos, de Atenas en 1906. El debut se caracterizó por marcadas diferencias de opinión acerca de los diversos estilos de cómo marchar. En aquella ocasión se disputaron las pruebas de 1,500 y 3,000 metros, en días consecutivos. La primera, obviamente demasiado corta y por lo tanto expuesta a un examen de marcha correcta, dio lugar a una acerba controversia cuando los dos primeros lugares, el británico Richard Wilkinson y el austriaco Eugen Spiegler, fueron descalificados y el tercero, el estadounidense George Bonhag, estuvo cerca de correr la misma suerte; dos de los cuatro jueces no estuvieron de acuerdo con su estilo, pero el príncipe Jorge de Grecia, presidente del jurado, dio el voto decisivo a favor de Banhag.
La prueba de los 3,000 metros fue ganada por el húngaro György Sztantics. También en este caso, Wilkinson y Spiegler habían terminado en primero y segundo lugar, respectivamente, pero fueron descalificados exactamente igual que en los 1,500 que disputaron un día antes.
En los Juegos Olímpicos de Londres 1908, la Gran Bretaña contó con un extraordinario doble campeón, Goerge Larnner, un policía de Birbthon de 33 años de edad, quien se impuso a todos sus rivales en los 3,500 metros y 10 millas. El campeón olímpico era por fin un atleta de brillante trayectoria y poseedor de récords en varias distancias.
En los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 sólo se disputó una prueba de marcha, la de 10,000 metros. Los severos y atentos jueces sólo permitieron que cuatro participantes terminaran la prueba. El vencedor fue el canadiense James Goulding, con 46:28.4, seguido por el británico Ernest Webb y el italiano Fernando Altimani, de 19 años de edad, quien se aficionó a la marcha en sus horas libres que tenía al concluir la jornada laboral en una imprenta. En 1913, en Milán, recorrió 13,403 metros en una hora tras registrar 44:34.2 al pasar por los 10,000 metros, pero estas marcas no fueron homologadas como récords del mundo debido a que no había el número suficiente de cronometradores. Una herida que sufrió en la I Guerra Mundial le impidió participar en los Juegos de Amberes 1920, para entonces Italia ya contaba con una nueva figura, Ugo Frigerio, quien nació en Milán el 16 de septiembre de 1001. Frigerio hizo una sensacional presentación al arrasar en las dos pruebas que se llevaron a cabo, los 10,000 metros con tiempo de 48:06.1 y los 3,000, que ganó en 13:14.1.
El mejor registro en los 20,000 metros, vigente a partir de 1920, estaba en poder del danés Niels Pedersen. La celebración de las competencias de marcha fueron realmente difíciles en el periodo de 1921-1940, a causa de la diversidad en los estilos de la marcha. Para terminar con la controversia, se decidió llevar a cabo el mínimo de las pruebas olímpicas entre 1924 y 1936 y sólo hubo tres competencias.
El gran Ugo Frigerio
En los Juegos de París 1924, la única prueba de marcha que se incluyó en el programa fue la de los 10 kilómetros, en la que el italiano Ugo Frigerio repitió su triunfo de Amberes en 47:49.0, aventajando al británico Gordon Goodwin con 200 metros. Frigerio fue conocido en su época de apogeo por su impecable estilo y por ser un "hombre lleno de color", a los comentaristas italianos les parecía más importante esta última cualidad que la segunda. En 1925 fue invitado a viajar a los Estados Unidos, en cuyo circuito de pista cubierta compartió como la figura estelar al lado del gran corredor finlandés Paavo Nurmi y no defraudó al establecer varios récords de marcha, entre ellos las marcas de 44:38 en los 10 kilómetros y 43:09.4 en las 6 millas, dentro de la misma competencia.
Frigerio pudo haber incrementado su colección de medallas olímpicas si la Federación Internacional de Atletismo no hubiera decidido llevar a cabo las pruebas de marcha en los Juegos de Ámsterdam 1928. Por suerte esta determinación fue levantada cuatro años después.
La única prueba de marcha que se disputó en Los Ángeles 1932 fue la de 50 kilómetros. Frigerio, de 31 años, reapareció y se enfrentó a una nueva generación de marchistas, lamentablemente la prueba se efectuó en una distancia con la que no estaba familiarizado. Estuvo como líder de la prueba un tiempo junto al letón Janis Dalins y el británico Tommy Green, quien resintió los efectos del calor y cuando ya habían recorrido cerca de tres cuartas partes de la prueba se rezagó aproximadamente un minuto. Después de refrescarse con agua, recuperó la distancia perdida y empezó a distanciarse de los punteros y terminó en el primer lugar con un amplio margen en 4h 50:10 sobre Dalins, quien concluyó en 4h 57:20, mientras que Frigerio en 4h 59:06, tras lo cual se desplomó en la llegada, pero con la cuarta medalla olímpica en su poder.
Un representante de la Gran Bretaña fue quien resulto vencedor de la prueba de los 50 kilómetros en Berlín 1936, en esa ocasión Harold Whitlock se impuso con tiempo de 4h 30:32. Al igual que Green cuatro años antes en Los Angeles, Whitlock pasó un mal rato y logró recuperarse para alzarse con la victoria, tras superar sin problemas al suizo Arthur Tell Schwab, de 40 años, quien paró los cronómetros en 4h 32:10. En esta prueba que se desarrolla sobre una distancia tan larga pueden ocurrir mucha cosas, por lo que se necesita contar una gran fortaleza mental que le permita al andarín completarla.
Whitlock había adquirido renombre internacional en 1935, al convertirse en el primer marchista en cubrir el trayecto entre Londres y Birghton, en menos de 8 horas. En 1938, con 35 años, venció en los 50 kilómetros del campeonato europeo que se celebró en París. El letón Ddalins consiguió ganar en los 50 kilómetros del campeonato de Europa que tuvieron como sede a Turín en 1934 y fue el plusmarquista mundial de los 20,000 metros, con 1h 34:26.0 en 1933.
Llegan los suecos
Paralelamente al apogeo que tuvo Suecia, las carreras de medio fondo también gozaron en la década de 1940 de un periodo brillante en las pruebas de marcha, principalmente por los logros de sus tres máximos exponentes: John Mikaelsson, John Ljunggren y Wernwe Hardmo, quien fue el más sobresaliente porque llegó a tener en poder un total de 22 récords mundiales, pero desafortunadamente no pudo brillar con la misma intensidad en las competencias de trascendencia.
En el campeonato de Europa de 1946, que se celebró en Oslo, descalificaron a Hardmo en la prueba de los 10 kilómetros y en los juegos Olímpicos de Londres 1948 sufrió igual suerte. La trayectoria de sus compatriotas Mikaelsson y Ljunggren fue más consistente. Mikaelsson se proclamó campeón europeo de los 10 kilómetros en Oslo con casi un minuto de ventaja sobre el suizo Fritz Schwab, hijo de Arthur Tell Schwab, el marchista que había ganado la medalla de plata en la prueba de los 50 kilómetros de los Juegos de Berlín 1936. Mikaelsson repitió su victoria, sobre esta misma distancia, en los Juegos de Londres 1948 y en Helsinki 1952, donde impuso el récord de 45:02.8.
El persistente Fritz Schwab alcanzó su día de gloria en el campeonato del "viejo continente" de 1950, que se efectúo en Bruselas, donde Mikaelsson se tuvo que conformar con el tercer sitio. Este extraordinario marchista sueco estableció catorce récords mundiales, además de varios registros que no fueron validados por la IAAF, como el de 1h 32:28.4 en los 20 kilómetros que consiguió en Växjo en 1942.
Por su parte, Ljuunggren es un ejemplo de la durabilidad de un deportista, destacó en los 50 kilómetros, una prueba en la que se mantuvo entre los mejores por muchos años. En los campeonatos de Europa su historial es extraordinario; primero en 1946, segundo en 1950, cuarto en 1954, noveno en 1958 y quinto en 1962, ¡a los 43 años!.
En los Juegos Olímpicos conquistó la medalla de oro en 1948 con registro de 4h 41:52, aventajando al segundo clasificado por más de 6 minutos. En Helsinki 1952 bajó hasta el noveno lugar, para ascender posteriormente al tercero de Melbourne 1956 y al segundo en Roma 1960, esta vez en un apretado cierre sobre la línea de meta con el que resultó triunfador el británico Don Thompson, 4h 25:30.0. Ljunggren finalizó su brillante trayectoria deportiva en los Juegos de Tokio 1964 con un modesto decimosexto lugar, pero con una marca con la que mejoraba por casi 13 minutos la que le valió para conquistar la medalla de oro en Londres 1948. Otro récord mundial que estableció este marchista fue el de 4h 29:58.0 en los 50 kilómetros de Fristad en 1953.
El rodillo soviético
Al finalizar la época dorada de la caminata sueca, que quedó señalada a los comienzos de 1950, ya habían surgido otras potencias en las pruebas de marcha entre las que destacaba la Unión Soviética, así como el resurgimiento de la Gran Bretaña e Italia. El primer andarín soviético que se impuso en una competencia internacional fue Vladimir Ujov, primero en los 50 kilómetros con tiempo de 4h22:11.2 en el campeonato de Europa que se llevó a cabo en Berna, en 1954.
En los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956, otro soviético, Leonid Spirin, venció en la prueba de los 20 kilómetros, que a partir de entonces sustituyó a la de 10 kilómetros, mucho más problemática desde el punto de vista de las infracciones que se presentaban. Los andarines de la URSS continuaron su cadena de victorias con Yevgeni Maskinskov, primero en los 50 kilómetros de los campeonatos europeos de 1958, con un registro de 4h 17:15.4.
Pero el máximo representante de la escuela soviética de aquellos años fue Vladimir Golubnichi. El estilo de este andarín se caracterizó por su andar desgarbado y la resistencia, que lo llevaron a romper el primero de muchos récords cuando apenas contaba con 19 años de edad, en los 20 kilómetros que disputó en Kiev, al negociar la distancia en 1h 30:02.8. Entre 1955 y 1974 llegó a tener siete competencias de alto nivel, consideradas las de Juegos Olímpicos y Campeonatos de Europea, en las que subió al podio en todas y cada una. Pero su más importante resultado fue con el que se dio a conocer en los Juegos de Roma 1960, donde ganó los 20 kilómetros con
1h 34:07.2.
La elegancia de Dordoni
En estos años reverdeció laureles la tradición de marchistas británicos con Stanley Vickers, un atleta muy alto para la especialidad –1.85 de estatura–, quien se proclamó campeón de europeo de los 20 kilómetros en Estocolmo en 1958, para lo cual empleó un tiempo de 1h 33:09. De Italia, la otra potencia en la marcha atlética de esos años fue Giuseppe Dordoni, a quien se le recuerda como el exponente de la caminata que poseía uno de los estilos más puros de todos los tiempos. Sus resultados a nivel internacional fueron más significativos que su ambición por adueñarse de algún récord, un rasgo que más tarde se volvería parte de esta disciplina en la que los resultados están por encima de las marcas y que por lo tanto la marcha se volvió menos emocionante y ha llegado a considerársele hasta monótona. Fue en aquel entonces que Dordoni ofrecía su mejor rendimiento en competencias de relevancia, como ocurrió cuando debutó en los Juegos de Londres 1948, al ubicarse en el noveno lugar de los 10 kilómetros a la edad de 22 años. Muchos lo consideraron demasiado joven como para competir en este tipo de pruebas.
Tuvieron que pasar dos años para que Dordoni consiguiera su primer título continental en Bruselas, donde sorprendió a propios y extraños al ganar en los 50 kilómetros con 4h 40:42.6, por encima de Lujunggren y Dolezal. Pero faltaba el mayor éxito de su trayectoria, que se presentó en los Juegos de Helsinki 1952, al combinar la estrategia con el desempeño que le redituaron en un nuevo récord olímpico para la distancia de los 50 kilómetros que realizó en 4h 28:07.8. Después de los Juegos de 1956 en Helsinki, para Dordoni las actuaciones sólo fueron modestas. La estafeta que este marchista llevó por varios años en nombre de Italia lo tomaría más tarde Abdón Pamich, quien nació en Croacia y resultó ser uno de los ganadores más regulares de las grandes distancias de marcha. Fue representante de Italia por más de veinte años (de 1954 a 1973), en los que tuvo cinco participaciones en Juegos Olímpicos, coronándose campeón en la edición de 1964 que efectuaron en Tokio.
En el año de 1961 se celebró por vez primera la competencia de la Copa Lugano, por iniciativa de la IAAF, a raíz del auge que cobró la marcha en el mundo. La justa desde sus orígenes concedió puntos a los tres primeros marchistas para definir al campeón del evento por equipos que tomaban parte tanto en los 20 como en los 50 kilómetros. Las primeras versiones de este certamen estuvieron limitadas a los representantes de Europa y los únicos extranjeros que tomaron parte en 1967 fueron de los Estados Unidos. A partir de 1977 la competencia adoptó el nombre oficial de Copa del Mundo de Caminata de la IAAF y desde entonces se disputa cada dos años en diferentes sedes, ya que anteriormente la ciudad suiza de Lugano era el lugar permanente para su desarrollo.
Esta competencia sirvió para darle a la caminata el respeto por parte de los aficionados, así como de los practicantes del atletismo, porque empezó a crearse su propio ambiente en el que así como surgían rivalidades encarnizadas, también era el marco propicio para descubrir nuevas amistades.
Durante los años 60 estuvo presente el dominio del soviético Vladimir Golubnichi, quien tuvo un largo reinado en la prueba de los 20 kilómetros, tras proclamarse campeón olímpico en los Juegos de Roma 1960, cuatro años más tarde en Tokio se conformó con el bronce y hasta 1968, en México, volvió a probar las mieles de victoria al imponerse en una apretada llegada a José Pedraza, con quien tuvo una escasa diferencia de un segundo y seis décimas. Para Munich 1972, Golubnichi se quedó con la medalla de plata y terminó su participación olímpica en Montreal con un séptimo puesto a la edad de 40 años.
Irrumpen los mexicanos
Pero, sin duda, el acontecimiento más trascendente de la década de los 70 fue la aparición de una nueva potencia de la caminata, ¡México!, que a partir de los Juegos de México 1968 ya había dejado ver las posibilidades con el segundo lugar que consiguió el sargento José Pedraza en la prueba de los 20 kilómetros. Y fue en los Juegos de Montreal cuando Daniel Bautista coronó todo el trabajo que a mediados de los sesenta empezó el polaco Jerzy Hausleber, al conquistar la medalla de oro, sin dejar la menor duda del desarrollo que se había logrado en ese entonces.
Bautista, por su cuenta, ganó los 20 kilómetros de la Copa Lugano en dos ocasiones y en igual número de oportunidades mejoró el récord del mundo, la última vez con 1h 20:06.8., lo que lo convirtió en el líder natural dentro de un grupo de andarines que contaba entre sus logros también campeonatos a nivel centroamericano y panamericano. La base de la preparación de los mexicanos es el trabajo en la altura, a semejanza de los corredores africanos, quienes sacaban ventaja a este trabajo en las carreras.
Pero no faltaron las suspicacias por parte de los europeos, principalmente a quienes con la evolución de los estilos, así como con el desarrollo en otros países del mundo, los obligaba a que fueran cada vez mas imparciales, sin embargo no admitieron de muy buena manera los nuevos criterios para sancionar las competencias de caminata. De ahí que las victorias de los foráneos tenían que ser los más contundentes posibles, porque en cuanto los jueces europeos detectaban cualquier falla en la técnica de un competidor foráneo con posibilidades de ganar una de las pruebas en "su continente", tenía como respuesta por parte de los colegiados desde una amonestación hasta la descalificación, con lo que terminaban con sus más sanas aspiraciones en beneficio de sus connacionales o vecinos.
Los jueces que sancionaron la prueba de los 20 kilómetros de los Juegos de Moscú 1980, descalificaron sin aparente justificación a Daniel Bautista, quien a escasos dos kilómetros para llegar al estadio no pudo terminar de defender la medalla que había ganado cuatro años antes en Montreal. Esa gran camada de excelentes andarines parecía no tener fin porque después que Bautista se retiró de las competencias, le siguió otro marchista con iguales cualidades, Raúl González, quien se alzó como monarca de la Copa del Mundo en los 50 kilómetros en 1979. Aunque el pináculo de su carrera llegó en los Juegos de Los Angeles 1984, donde se convirtió en doble medallista al apoderarse del oro en los 50 kilómetros y de la plata en los 20, misma prueba que ganó otro mexicano, Ernesto Canto.
Al palmarés de González hay que agregar los récords del mundo que estableció en los 50 kilómetros; primero, en 1978, hizo un registro de 3h 52:23.5 y posteriormente consiguió hacer un tiempo de 3h 41:38.4, en Bergen, Noruega, al año siguiente. Sin embargo, los marchistas europeos no dejaron de trabajar y España comenzó a escribir su propia historia en esta disciplina en la persona de Jordi Llopart, quien obtuvo la primera medalla de oro para su país en los campeonatos del "viejo continente" de Praga en 1978, al imponerse en la distancia de los 50 kilómetros con tiempo de 3h 53:29.9. Todo hacía suponer que Llopart sería el primer favorito para colgarse la presea dorada en los Juegos de Moscú 1980, pero fue relegado a la segunda plaza por el alemán oriental Hartwig Gauder.
Italia por su parte mantuvo su tradición después de la despedida del legendario Abdon Panich, cuando Mauricio Damilano tomó la estafeta, aunque en sus primeras competencias no le fue muy bien. En su presentación en los campeonatos de Europa de 1978 en Praga ocupó el sexto sitio, pero al año siguiente en la Copa Lugano fue descalificado. Pero a Damilano la diosa fortuna le reservaba una grata sorpresa para la cita de Moscú, ya que después de la descalificación de Bautista y del soviético Solomin, en los 20 kilómetros, el italiano se encontró a la entrada del estadio con que él era el nuevo campeón olímpico de esos Juegos.
Durante los año 80, tres figuras de la marcha mundial acapararon la atención mundial; el italiano Mauricio Damilano, el checoslovaco Jozef Privilinec y el mexicano Ernesto Canto. En la celebración de los Primeros Campeonatos Mundiales de Atletismo, que tuvieron lugar en Helsinki, Ernesto Canto tuvo el honor de ser el primer campeón de su disciplina en los 20 kilómetros, además de la conquista que llevó a cabo un año más tarde en Los Ángeles, pero la actuación que más resonancia tuvo en su incipiente trayectoria fue cuando consiguió mejorar el récord del mundo de los 20 kilómetros en Fana, con tiempo de 1h 18: 39.9.
La influencia de los jueces
Los ochenta se caracterizaron porque la mayoría de los marchistas, especialistas de los 20 kilómetros, lograron alcanzar velocidad de hasta 15 kilómetros por hora, esta situación trajo como consecuencia que los estelares padecieran con los criterios de los jueces, como fue el caso de Damilano, quien en los campeonatos de Europa que tuvieron como sede a Atenas en 1982, se encontraba de líder y le faltaban 1,500 metros para cubrir el recorrido de los 20 kilómetros. Igual suerte corrió Ernesto Canto, en los Juegos de Seúl 1988; aunque fueron diferentes momentos para estas dos estrellas de la marcha, el sentimiento fue compartido al externar que una descalificación ponía en duda los brillantes resultados con los que habían conseguido encumbrarse en esta especialidad del atletismo.
Por su parte, Pribilinec también padeció con las apreciaciones de los oficiales durante la Copa Lugano de 1985; después de que cruzó la meta se encontró con la fatal noticia de que su esfuerzo había sido en vano y que, en lugar de alzarse con el triunfo, había sido descalificado.
A la vera de Raúl González se colocaron los andarines de Alemania del Este, Hartwig Gauder y Ronal Weigel, en la distancia de los 50 kilómetros. Ambos contribuyeron de forma individual para que su país se adjudicara el trofeo de la Copa Lugano en 1985, además de que Gauder se destacó por imponer su estilo en las diferentes competencias en las que participaba, como fue el caso de los títulos que consiguió en la Copa Lugano, en Europa, en Juegos Olímpicos y en Campeonatos Mundiales. En tanto que Weigel cosechó para su cusa un Campeonato del Mundo de 1983 en los 50 kilómetros, así como dos medallas de plata en 20 y 50, en los Juegos de Seúl.
En la década de los noventa, marcada por las actuaciones sobresalientes que obtuvieron los marchistas españoles, otros países sin tradición en esta especialidad consiguieron hacer acto de presencia en el plano mundial. Pero para los españoles la caminata es la disciplina que les abrió las puertas para destacar en las competencias de pista, campo y ruta, que preservan hasta el momento.
A Jordi Llopart le siguieron en el firmamento del atletismo José Marín, quien fue monarca europeo en 20 kilómetros y subcampeón en los 50, así como tercer lugar en los Campeonatos del Mundo del Helsinki y poseedor del récord en pista de los 30 kilómetros con 2h 08:00 y de las 2 horas en las que recorrió 28, 165 metros. A Llopart y a Marín les han sucedido atletas de la talla de Miguel Ángel Prieto, Daniel Plaza y Valentín Massana.
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