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La Marcha de Gran Fondo
La Marcha de Gran Fondo



LA MARCHA DE GRAN FONDO: ENTRE LA COMPETICION Y EL DESAFIO

Por Bernardo José Mora

Si, por regla general, el origen de los deportes hay que buscarlo en la confrontación directa entre dos o más individuos, la marcha de gran fondo, en cambio, nace principalmente a partir de un desafío particular. Es el hombre solo contra la distancia. Y en este desafío quien actuará como juez no será el cronómetro, sino el calendario.

Por una apuesta Los primeros desafíos pedestres de los que se tiene noticia se dirimieron en Gran Bretaña. En 1589, Sir Robert Carey camina, por una apuesta, desde Londres a Berwick, algo más 300 millas (por encima de 500 kilómetros). En 1773, y por otra apuesta, Foster Powell anuncia su intención de cubrir las 400 millas (aproximadamente 640 kilómetros) del recorrido de ida y vuelta entre Londres y York en seis días. Lo hace finalmente en 5 días y 18 horas. A lo largo de su vida lo vuelve a repetir en tres ocasiones más, rebajando siempre el tiempo invertido en la anterior. En 1788 tarda 5 días, 19 horas y 15 minutos. En 1790 lo lleva a cabo en 5 días 16 horas y 10 minutos, y en 1792 necesita solo 5 días, 13 horas y 35 minutos.

En 1809, Robert Allardice -más conocido como Capitán Barclay- lleva a cabo una de las más extravagantes hazañas de la historia de este deporte: es el primero en recorrer 1.000 millas (1.609 kilómetros) en 1.000 horas consecutivas, es decir, una milla cada hora durante casi 42 días. Aunque tiene que recorrer en cada jornada un total de 24 millas (38,4 kilómetros), lo cierto es que lo suyo, más que un esfuerzo atlético, se trata realmente de una lucha contra el sueño. Con todo, en 1877, William Gale logra incluso superarlo, caminando 1.500 millas en 1.000 horas.

Los desafíos se suceden también en la orilla opuesta del Atlántico. Allí la marcha tiene un nombre: Edward Payson Weston. Su carrera como marchador comienza en Boston en 1861, cuando se atreve a pronosticar la derrota de Abraham Lincoln en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, y se compromete a que, en caso de no cumplirse su vaticinio, acudirá en persona a la toma de posesión del nuevo inquilino de la Casa Blanca cubriendo a pie los 700 kilómetros del camino hasta Washington DC. Lincoln gana finalmente y a Weston no le queda otro remedio que ponerse en marcha. Llega a Washington en la fecha prevista, el 4 de marzo, pero, desgraciadamente, a la hora en que lo hace la ceremonia ya ha concluido.

En 1867, Edward Payson Weston lleva a cabo la caminata que le reportará la fama. Marcha de Portland, en el estado de Maine, a Chicago -aproximadamente 2.000 kilómetros- en 26 días. Gracias a las apuestas que se cruzan a favor y en contra consigue reunir una cantidad de dinero equivalente a un millón de euros de hoy en día. Cuarenta años después, a la edad de 68, repite esa misma caminata y tarda 29 horas menos.

En 1909, con 70 años en sus piernas, Weston hace realidad el sueño de todo andarín de su época y de las posteriores: atraviesa los Estados Unidos de costa a costa. Camina desde Nueva York a San Francisco -algo más de 6.000 kilómetros- en 104 días y 7 horas. La apuesta, sin embargo, era hacerlo en solo 100 (y respetando además el preceptivo descanso dominical). Espoleado por su fracaso, tan solo medio año más tarde, a principios de 1910, lo hace desde Nueva York a Los Angeles -unos 5.500 kilómetros- en solo 76 días 23 horas y 10 minutos.

Pero Weston no ha sido el primero en cruzar el país de esta manera. En 1890 John Ennis invierte 80 días en caminar desde Nueva York a San Francisco, y en marzo de 1891, Zoe Gayton, una actriz que dice ser española y de Madrid -aunque su acento y apariencia parecen contradecir sus palabras- llega a Nueva York desde San Francisco después de haber estado sobre la carretera un total de 212 días, 19 horas y 53 minutos.

En 1972 es un marchador, el inglés John Lees, quien se convierte en el hombre más rápido en atravesar el país -corredores incluidos-, invirtiendo 53 días y 12 horas en cubrir los 5.000 kilómetros que separan las ciudades de Los Angeles y Nueva York.

Los Centuriones

Las primeras competiciones de marcha se celebran a finales del siglo XIX y se desarrollan por igual tanto en Inglaterra como en Norteamérica, por lo que los especialistas, hombres y mujeres, cruzan repetidamente el océano en ambos sentidos atraídos por los importantes premios en metálico que se ponen en juego. La distancia varía entre las 50 y las 500 millas y las 24 horas y los seis días. En 1882, en Sheffield, Inglaterra, George Littlewood recorre un total de 855,178 kilómetros en seis días, un récord que todavía no ha sido superado. (John Dowling recorrerá 741,212 kilómetros en Nottingham en 1983.) La primera competición específica de marcha sobre 100 millas disputada por atletas «amateurs» se celebra en agosto de 1877, en Londres. John Fowler-Dixon cubre los 160,934 kilómetros en 20 horas 36 minutos y 8 segundos.

El nacimiento de la marcha como deporte de competición trae emparejado el primer problema: su definición. En Inglaterra se acuña la expresión "heel and toe", es decir, "talón y dedo (gordo)", para señalar que el pie que avanza debe tomar contacto con el suelo -con el talón- antes de que el otro pie haya despegado del suelo. En la teoría parece fácil, pero no lo resulta tanto en la práctica. De hecho, cuando sir John Astley decide crear un circuito de pruebas de seis días con el fin de reunir a los mejores caminantes de uno y otro lado del Atlántico -Weston entre ellos- y coronar al campeón del mundo se opta por dejar a un lado toda referencia a la marcha para decantarse por un término mucho menos problemático: pedestrismo.

La expresión que se acuña entonces como síntesis del nuevo reglamento es la de "go as you please", es decir, "vé como te plazca". Eso sí, el hecho de que la mayoría de los participantes opte por reservar fuerzas y las afronte preferentemente andando acaba otorgándoles la consideración de caminatas a ojos del público y de la prensa.

En 1903 nace una de las pruebas para las que con mayores argumentos puede reclamarse el calificativo de histórica: la Londres-Brighton, de 53 millas (aproximadamente 85 kilómetros) de recorrido. El vencedor de la primera edición es E.F. Broad, que con un tiempo de 9 horas 30 minutos y 1 segundo se impone a los demás 86 marchadores que han tomado la salida en el puente de Westminster. Sin embargo, la prueba no vuelve a celebrarse hasta 1912. A partir de ese año la Londres-Brighton se disputa con más o menos regularidad hasta 2001.

El considerable incremento del tráfico rodado registrado en la zona hace que la organización no pueda comprometerse a garantizar la seguridad de los participantes y tome la determinación de no programarla más a partir de esa fecha. En el palmarés de la prueba quedan registrados para siempre los triunfos de atletas como Tommie Green, Harold Whitlock y Donald Thompson, todos ellos campeones olímpicos. Quizás por eso, en 2003, coincidiendo con el centenario de la creación de la prueba, se decide disputarla una vez más, la última. El vencedor es Mark Easton, que invierte 8 horas 6 minutos y 15 segundos en las 50,5 millas del trazado de ese año.

En 1908 se celebran, precisamente en Londres, los IV Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Ausente en las ediciones de Atenas, París y Saint Louis, la marcha figura por primera vez en el programa de competiciones atléticas. Lo hace, sin embargo, con dos pruebas cortas, de 3.500 metros y 10 millas, ambas ganadas por el británico Larner. Esto viene a suponer en la práctica la división de la marcha en dos modalidades, la velocidad y el gran fondo, y la consiguiente marginación de los especialistas de esta última, que en el futuro verán como sus pruebas quedan excluidas de las grandes competiciones de carácter universal.

En 1911, ante la proliferación de pruebas de 100 millas, y a iniciativa de Edward R. Gillespie, quien ha recorrido 106 milas (170,5 kilómetros) en una prueba de 24 horas en 1908, se constituye oficialmente la Hermandad de los Centuriones, un selecto club con una curiosa reserva del derecho de admisión: solo podían ser miembros aquellos que hubieran cubierto la distancia de 100 millas en menos de 24 horas (en territorio británico). La reunión fundacional tiene lugar el día 11 de mayo, en un pub de nombre "The Ship and the Turtle" ubicado en el número 131 de Leadenhall Street, en Londres, y en ella se decide otorgar el número uno de la Hermandad a John Fowler Dixon, al que se nombra además presidente vitalicio.

La primera mujer en entrar a formar parte de ella es Ann Sayer en 1977. En 2003 se concede el número 1.000, también a una mujer: Wendy Watson. La mejor marca en la distancia conseguida hasta la fecha en Gran Bretaña es de 16 horas 54 minutos y 15 segundos, obra del irlandés Frank O’Reilly en 1960 en el trayecto Leicester-Skegness. Sin embargo, el mejor registro en posesión de un atleta británico es de 16 horas 50 minutos y 28 segundos, logrado en 1984 en la localidad holandesa de Sint Oedenrode por Richard Brown. Por su parte, la plusmarca femenina está en poder de Sandra Brown, esposa del anterior, desde 1984 en Leicester, con 18 horas 36 minutos y 29 segundos.

La primera competición de marcha propiamente dicha que se celebra en Estados Unidos tiene lugar en Nueva York entre el 10 y el 11 de mayo de 1878. Se trata en realidad de dos carreras: una de 36 horas reservada a atletas profesionales y otra de 24 para aficionados. En la primera toman parte 20 atletas, por 14 en la segunda. El puritanismo deportivo vigente en la época hace que sean estos últimos los únicos cuyos nombres pasen a la historia. J.B. Gillie cubre un total de 108 millas (173 kilómetros), pasando por las 100 en 21 horas y 42 segundos. Le secundan en la meta M.J. Ennis (¿se trata quizás del mismo atleta que años antes caminó desde Nueva York a San Francisco en 80 días?), con 103 millas (165 kilómetros) y J. Schmidt, con 100 millas.

Lamentablemente, no volverá a disputarse ninguna prueba de este tipo hasta 1967, coincidiendo con la creación, en la ciudad de Columbia, de la versión americana de la hermandad de los centuriones, el American Centurion Club. El primer centurión de la nueva era es Larry O’Neil, que a sus 60 años cubre las reglamentarias 100 millas en 19 horas 24 minutos y 34 segundos. Cuatro años más tarde, el olímpico Larry Young -medalla de bronce en 50 km en México 68 y luego en Munich 72- consigue, en una competición celebrada en pista cubierta dadas las malas condiciones meteorológicas reinantes ese día en Columbia, un tiempo de 18 horas 7 minutos y 12 segundos, actual plusmarca americana de la distancia. En la actualidad, el American Centurions Club cuenta con algo más de medio centenar de miembros.

Una curiosidad al margen: en 1928 nace la carrera transcontinental, de Los Angeles a Nueva York por etapas. No es una prueba de marcha pero entre los participantes se encuentran no pocos marchadores. En la primera edición, con un recorrido de 5.380 kilómetros repartidos en 84 etapas, un marchador italiano, Guisto Umek, especialista de los 100 kilómetros, finaliza quinto y se embolsa los 1.000 dólares que le corresponden como premio. Al año siguiente, la carrera se disputa en sentido contrario, desde Nueva York a Los Angeles: 5.750 kilómetros en 78 etapas. Umek finaliza tercero pero nunca llega a ver los 5.000 dólares del premio. La empresa patrocinadora de la carrera, C.C. Pyle, ha quebrado mientras los atletas, ajenos a todo, cruzan el país a la carrera.

De París a Colmar

Volvemos a Europa. A este lado del Canal de la Mancha la marcha de gran fondo sigue su propio rumbo. La marcha francesa se desarrolla sobre todo a partir de las grandes pruebas en línea. En 1892 Constant Ramoge gana la Paris-Belfort, de 496 kilómetros, en 100 horas y 5 minutos. Ese mismo año se celebran también la París-El Havre, de 444 kilómetros, y la París-Roubaix, de 284. En 1911 se disputa la Burdeos-París, de 611 kilómetros, que gana François Peguet tras 114 horas 22 minutos y 20 segundos de extenuante caminata. Este marchador posee por esos mismos años el récord de Francia de los 100 kilómetros con 12 horas 59 minutos y 10 segundos.

En 1912 lo mejora, nada menos que en 32 minutos y 5 segundos, un personaje que será decisivo para el futuro de la marcha francesa: Emile Anthoine. Marchador y dirigente apasionado, desde un primer momento Anthoine entiende que la marcha solo tiene sentido cuando se disputa sobre largas distancias (para evaluar las prestaciones humanas sobre distancias más o menos cortas ya existe la carrera) y en 1925 crea la Federación Francesa de Marcha (rebautizada más tarde como Unión Francesa de Marcha), independiente de la Federación de Atletismo, y en 1926 la Federación Internacional de Marcha.

Con diferentes altibajos, ambas sobreviven hasta 1965, cuando, a instancias del propio gobierno francés, la Federación de Marcha se reintegra de nuevo en la Federación de Atletismo. En el ínterin, Unión Francesa y Federación Internacional organizan diversas competiciones al margen de los programas oficiales de la Federación Internacional de Atletismo y del Comité Olímpico, entre ellas los campeonatos de Europa y del Mundo de marcha de gran fondo. Pero es en 1926 cuando Anthoine crea la que será la primera prueba de verdadero alcance mundial: la París-Estrasburgo, de 504 kilómetros de recorrido.

El miércoles 6 de agosto, pocos minutos después del mediodía, y ante miles de espectadores, 68 marchadores rigurosamente seleccionados tras la disputa de una serie de durísimas pruebas previas de 200 kilómetros toman la salida en la plaza de la República de París. En Colmar deben repartirse los 100.000 francos destinados a premios. Al ganador le espera, además, un automóvil. Porque esa es una de las características que diferencian a los marchadores de la Federación de Marcha de los que continúan adscritos a la Federación de Atletismo: son profesionales. En esta primera edición los caminantes pasan por Meaux, Chateau-Thierry, Dormans, Epernay, Chalons, Saint Dizier, Ligny en Barrois, Toul, Nancy, Lunnéville, Sarrebourg, Wasselonne... Después de 78 horas y 47 minutos de esfuerzo es el suizo Jean Linder quien cruza en primer lugar la línea de meta situada en la plaza Kléber de la alsaciana Estrasburgo.

La prueba sigue celebrándose año tras año hasta el inicio de la II Guerra Mundial. El estallido de esta interrumpe la competición, poniéndole un primer punto y aparte. Finalizada la contienda, los difíciles años de posguerra hacen inviable la recuperación de la prueba, que no vuelve a disputarse hasta 1949. Ese año el vencedor es el francés Gilbert Roger, que necesita 73 horas y 51 minutos para recorrer los entonces 520 kilómetros del recorrido (el kilometraje final varia de una edición a otra en función de la ruta escogida).

A partir de 1951 se invierte el sentido de la marcha, tomando los atletas la salida en Estrasburgo para rendir viaje en la capital francesa tras una larga odisea de 552 kilómetros. Otro francés, Albert Seibert es el vencedor. Su tiempo: 75 horas y 10 minutos. Gilbert Roger se impone de nuevo en 1953, 1954, 1956, 1957 y 1958 y su nombre pasa a encabezar la lista de los grandes héroes surgidos al amparo de la prueba. La suya es, sin duda alguna, la historia de un marchador convenido.

Una historia, además, que no está exenta de paradojas. Dispensado de realizar marchas durante el servicio militar por tener los pies planos, en 1940, durante la II Guerra Mundial, es hecho prisionero por los alemanes y confinado en un campo de concentración. Logra escapar y recuperar la libertad tras una huida a pie de cerca de 700 kilómetros a través de territorio enemigo. Curtido en la guerra, en la paz se revelará como el mejor marchador de su época. Campeón de Europa y del Mundo de la Federación Internacional de Marcha, a lo largo de su carrera llega a ostentar las mejores marcas mundiales de todas las distancias entre las 100 millas y los 500 kilómetros.

Una nueva interrupción se produce en 1959. La Estrasburgo-París no vuelve a celebrarse hasta 1970. Ese año, tras 520 kilómetros y 70 horas y 4 minutos de carrera, el ganador es el francés Samy Zaugg. En 1976, y por última vez, la prueba vuelve a tener su salida en París y la meta en Estrasburgo. El belga Robert Rinchard, que ha ganado ya en dos ocasiones la Estrasburgo-París, gana también esta París-Estrasburgo tras recorrer los 533 kilómetros en 69 horas y 41 minutos.

En 1981 la prueba vuelve a sufrir una variación en su trazado, quedando establecida la salida en París y la meta en la también alsaciana Colmar. Sigue disputándose en una única etapa, aunque a diferencia de los años iniciales el reglamento establece dos neutralizaciones a lo largo del recorrido -con un total acumulado de cuatro horas- para facilitar el control médico de los participantes. El primer ganador de la «nueva» París-Colmar es el belga Roger Pietquin, que cubre los 531 km en 65 horas y 10 minutos. Se da la circunstancia de que Pietquin ha sido también el último ganador de la Estrasburgo-París, con 70 horas y 1 minuto para los 507 kilómetros de la edición de 1980. En 1988 se crea la prueba femenina, cuyo recorrido queda fijado desde 1990 entre Chalons-en-Champagne y Colmar, con un total aproximado de 340 kilómetros.

El mayor número de victorias corresponde a la francesa Edith Couhé, con un total de cinco (1988, 1989, 1990, 1991 y 1992). La última París-Colmar propiamente dicha es ganada por el polaco Gregor Adam Urbanowski, que en 2003 invierte 66 horas y 40 minutos en cubrir los 515 kilómetros que separan las dos ciudades. Es su séptimo triunfo, ya que se ha impuesto también en las ediciones de 1994, 1996, 1997, 1998, 2001 y 2002, con lo que iguala el palmarés del francés Roger Quemener, vencedor de la Estrasburgo-París en 1979 y de la París-Colmar en 1983, 1985, 1986, 1987, 1988 y 1989. En 2004 la prueba no se disputa. Vuelve a hacerlo en 2005, pero con una nueva modificación en su trazado.

La salida sigue estando ubicada en él área metropolitana de París y la meta en Colmar, pero se suprime algo menos de un centenar de kilómetros y el recorrido se cubre en dos sectores. La misma medida se toma con la prueba femenina. Gregorz Adam Urbanowski gana también esta edición de la prueba y mejora el récord de victorias que compartía con Quemener.

A pesar de todos los cambios, hoy como como ayer, para tener derecho a un lugar en la línea de salida de París los marchadores deben haber acreditado una serie de registros mínimos en las diferentes pruebas de selección de 200 kilómetros disputadas durante el año. Y es que así como en Gran Bretaña la distancia reina de la marcha de gran fondo son las 100 millas, en Francia, en cambio, tal consideración la merecen los 200 kilómetros. Además de las distintas pruebas clasificatorias para París-Colmar, sobre esta distancia se celebra desde la década de los 90 un campeonato nacional con carácter oficial (en lo que se refiere a las mujeres, a partir de 2000 la distancia ha quedado establecida en 170 kilómetros, celebrándose el primer campeonato en 2004).

Desde 1969, año en que, tras la última interrupción, vuelven a disputarse las pruebas de selección para Estrasburgo-París, París-Estrasburgo y finalmente París-Colmar, algo más de un centenar de marchadores han cubierto la distancia de los 200 kilómetros en menos de 24 horas.

La actual plusmarca mundial de la prueba la establece el polaco Klapa en octubre de 1983 en la localidad belga de Chapelle lez Herlaimont con 19 horas 55 minutos y 7 segundos, mientras que en mayo de 1984 en Ruán, Francia, la holandesa Annie Van der Meer hace lo propio con la femenina al parar el cronómetro en 22 horas 36 minutos y 46 segundos. En esa misma carrera, la marchadora de los Paises Bajos establece también las plusmarcas mundiales de las 100 millas (18 horas 6 minutos y 10 segundos) y de las 24 horas (212,250 kilómetros).

El mundo marcha

En el resto de países europeos en los que marcha de gran fondo se desarrolla, lo hace por mimetismo. Así, mientras Suiza, Luxemburgo y la ya citada Bélgica siguen el ejemplo de Francia hasta el punto de organizar también diversas pruebas selectivas para París-Estrasburgo, Estrasburgo-París y París-Colmar, los Paises Bajos van de la mano con Gran Bretaña y en 1971 crean su propia versión de la hermandad de los Centuriones: el Continental Centurion Club, que en la actualidad cuenta con algo más de 300 miembros. Por su parte, Italia organiza su primera prueba de gran fondo en 1909, con los 100 kilómetros de Milán, prueba que verá la victoria de nuestro conocido Guisto Umek en las ediciones de 1923 y 1927. La prueba se sigue celebrando a lo largo del siglo con periodicidad irregular hasta 1960.

En 1998, la vecina Scanzorosciate toma el relevo en su organización y en 2002, el bielorruso Victor Ginko establece allí, con 8 horas 38 minutos y 2 segundos, la actual plusmarca mundial de los 100 kilómetros. Curiosamente, es en Milán, en 1986, donde un italiano, Claudio Sterpin, bate las plusmarcas mundiales en pista de los 200 kilómetros y las 24 horas, con 21 horas 58 minutos y 40 segundos, y 216,621 kilómetros, respectivamente. En el resto de países europeos la marcha de gran fondo se desarrolla de fronteras para afuera, limitándose a la participación de sus atletas en las diferentes pruebas internacionales.

La primera participación de un marchador español se remonta a 1922. Ese año, en los 100 kilómetros de Milán toman la salida dos españoles, Albert Charlot y Enrique Badía. El triunfo final es para el italiano Donato Pavesi. Charlot, que junto con su hermano René, ambos franceses de origen, fue el verdadero introductor de la marcha en España allá por 1915, acaba quinto.

La marcha de gran fondo adquiere también carácter propio en el otro confín de la tierra. Australia ve la primera competición de este tipo en 1896. Se trata del campeonato de marcha del estado de Victoria, que se disputa sobre la distancia de 50 millas y en el que se impone Jimmy McDonald con un tiempo de 10 horas 9 minutos y 40 segundos. No faltan tampoco los desafíos individuales. En 1931, Rupert Blackley marcha de Sidney a Melbourne, 900 kilómetros, en 12 días 13 horas y 45 minutos. La primera prueba de 24 horas se disputa en 1937 y el vencedor es Gordon Smith, que recorre un total de 110 millas (177,026 kilómetros). Cuando en 1971 se crea el Australian Centurions Club, el número uno de la hermandad es concedido a título póstumo a Smith, fallecido durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta la fecha, cerca de 50 marchadores se han ganado el derecho de formar parte del club de los centuriones australianos. El mejor de ellos es Ian Jack, que en 1979 establece en Melbourne la actual plusmarca australiana de la distancia, con 17 horas 59 minutos y 30 segundos. La femenina, conseguida en 2002, también en Melbourne, está en poder de Carol Baird con 20 horas 31 minutos y 24 segundos. La presencia de atletas neocelandeses en estas pruebas anima la creación, en 1999, del correspondiente Centurion Club en este país. Ambos clubes organizan en la actualidad sendas pruebas anuales sobre la distancia de 100 millas.

En el continente africano, la marcha de gran fondo surge a principios del siglo XX en lo que hoy es la República de Sudáfrica y lo hace, cómo no, a imitación de la metrópoli. En 1903, el mismo año en el que en Inglaterra nace la Londres-Brighton, en Ciudad del Cabo se crea una prueba de 50 millas. Participan en ella un total de 61 marchadores, de entre los que resulta vencedor W.A. Millar. La prueba no vuelve a celebrarse hasta 1924 pero a partir de ese año lo hace ya de forma más o menos regular hasta nuestros días. Hoy, la Big Walk reúne cada año a cerca de 20.000 caminantes de toda edad y condición.

Pero si en el sur la influencia es británica, en el norte de Africa son los franceses los que muestran, aunque de forma fugaz, el camino a seguir. En 1951 se disputa en lo que entonces es el protectorado francés de Marruecos la prueba en línea Casablanca-Fez, de 338 kilómetros de recorrido, que es ganada por Laboire. La carrera se celebra hasta 1955. Al año siguiente, el país norteafricano alcanza la independencia, la administración francesa debe hacer las maletas y la Casablanca-Fez deja de celebrarse (en 1959 y 1960 experimenta una efímera resurrección, reconvertida en una competición por etapas). Por último, en Asia la marcha de gran fondo debe esperar al siglo XXI para ver la luz. En agosto de 2001, en Malasia se disputa la primera prueba de 24 horas, con cerca de dos centenares de participantes, y en la que se registra el triunfo final del polaco Urbanowski con 203,332 kilómetros.